Como seres humanos vivimos en constante dinamismo, enfrentando obstáculos provocados por diferentes factores, hasta el punto  de ser fácil presa de lo que parece ser la mayor crisis del hombre a lo largo de su historia “el estrés”.

El querer satisfacer las necesidades básicas, tener trabajo, una familia, un estatus social y económico aceptable, son  las exigencias personales y el afán del día a día. El interés de hacer muchas cosas, impone la urgencia de realizarlas cada vez a mayor velocidad, saltar horarios de comida, hablar con dos o tres personas al mismo tiempo, manejar y hablar por teléfono, por mencionar algunas.

Estas acciones desmesuradas terminan alterando el biorritmo fisiológico y psíquico de las personas, al llevar gran parte del proceso del trabajo y de la vida misma sin disfrutarlo, cargadas de mucha tensión y abstención de emociones y deseos, reflejándose en alteraciones orgánicas.

Según la fisiología del estrés, todas las señales de alarma que llegan al cerebro son enviadas al hipotálamo, pequeño órgano situado en el centro de la masa cerebral. Este, transmite los mensajes a todo el organismo por vía nerviosa y por vía sanguínea provocando una serie de efectos que tienen que ver con los procesos mentales y conductuales, conocidas como respuestas psicológicas. Los síntomas pueden variar entre personas, los más comunes son irritabilidad, insomnio, ansiedad, inhibición del deseo sexual, depresión y malestares orgánicos que a mediano y largo plazo se vuelven crónicos.

A menudo vemos personas de mal humor, debido a que cuando se produce el estrés, por lo general se manifiesta intolerancia, incomprensión, se pierde el control emocional, se dicen palabras hirientes, alcanzando un umbral de agresividad que termina indebidamente en alguna practica de violencia.

En las familias a menudo se dan numerosas vivencias que pueden resultar estresantes afectando las relaciones de pareja, en particular la parte sexual. En el hombre cuando la intensidad del estrés es elevada, la principal consecuencia puede ser la dificultad para alcanzar la excitación sexual.

No existe duda en cuanto a la relación del estrés y la inhibición del deseo sexual, este hecho tiene una explicación fisiológica. El estrés origina una vasoconstricción, es decir un estrechamiento de la luz de las arterias, conductos por donde circula la sangre a los órganos y la erección masculina requiere precisamente lo contrario, una vasodilatación del sistema circulatorio con el fin de hacer llegar la sangre a los órganos sexuales.

Cuando la mujer tiene estrés, también disminuye su deseo sexual y presenta dificultad para alcanzar el orgasmo, además puede producir irregularidades en sus funciones reproductivas, de esta manera se explican ciertos casos de esterilidad.

Un buen número de trastornos sexuales están asociados con el estrés en cualquiera de los miembros de la pareja. Tanto en el varón como en la mujer, la relajación es necesaria para realizar el acto sexual con plena satisfacción. Nuestro cuerpo recibe las reacciones provocadas por el estrés, lo que evidencia la   influencia de este sobre nuestra salud en general y en particular sobre nuestra salud sexual y reproductiva.

En el mundo actual es imperante aprender a controlar el estrés, llevar una vida equilibrada entre el trabajo y el tiempo para la recreación y la convivencia en familia. Ante la imposibilidad de cambiar el entorno, debe imponerse la necesidad de un cambio personal que contribuya al desarrollo de una cultura de paz interior que alimente el núcleo familiar y también sea irradiada al ámbito social. No dejemos que el estrés afecte nuestra felicidad.